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9 abril 2020

Inteligencia Emocional

 

La felicidad es interior, no exterior; por tanto, no depende de lo que tenemos sino de lo que somos, decía Henry Van Dyke.

Y es que, en estos momentos tan extraños, complicados e inesperados para cualquier persona, se hace necesaria la búsqueda de estrategias para conseguir que los aspectos positivos de la vida tengan mayor presencia, y qué mejor manera, que combinando ejercicio físico y mental.

La inteligencia emocional según Mayer y Salovey (1997), viene definida como “la habilidad de percibir, expresar, comprender y regular las propias emociones y las de los demás, promoviendo un crecimiento emocional e intelectual”. Estos autores indican que las personas se diferencian en su capacidad para procesar la información emocional y para utilizar dicho procesamiento en la toma de decisiones, del día a día o durante actividades físicas y deportivas.

Según el modelo creado por estos autores, tenemos cuatro habilidades emocionales a las que atender:

Una de ellas sería la percepción emocional, siendo esta la destreza que consiste en la habilidad para identificar y reconocer tanto los propios sentimientos, como los de aquellos que nos rodean.

Por otra parte, la asimilación emocional implica la habilidad para tener en cuenta los sentimientos cuando razonamos o solucionamos problemas, en cómo las emociones afectan al sistema cognitivo y cómo nuestros estados afectivos ayudan a la toma de decisiones, incluso mejorando nuestro pensamiento creativo.

También estaría la comprensión emocional, que es la habilidad para reconocer y etiquetar las emociones.

El último aspecto sería la regulación emocional, definida como la capacidad para estar abierto a los sentimientos, tanto positivos como negativos y reflexionar sobre los mismos para descartar o aprovechar la información que los acompaña, en función de su utilidad.

Además, tal y como determinaron Cerezo, Carpio, García y Casanova (2016), la inteligencia emocional se relaciona de forma positiva con la satisfacción vital y de manera negativa con el comportamiento agresivo.

Así, la investigación ha evidenciado que un déficit en inteligencia emocional se relaciona con la aparición de problemas como el estrés, la ansiedad y la depresión, mientras que altas puntuaciones en inteligencia emocional se asocian con mayores niveles de salud tanto física como mental (Ciarrochi, Chan y Caputi, 2000; Extremera y Fernández-Berrocal, 2005; Ferragut y Fierro, 2012).

Como uno de los aspectos más importantes del ser humano, Pérez (1998) nos habla de la autoestima; esta es la visión e imagen que el individuo tiene de sí mismo, como una estructura central para entender su concepción del mundo y una de las principales variables que influyen sus acciones.

La autoestima es mayor cuanto mayor sea la inteligencia emocional de la persona y a pesar de la evidencia de que las mujeres por lo general tienen un mayor índice de inteligencia emocional que los hombres, su autopercepción tiende a ser más baja, como nos dicen Sánchez, Fernández, Montañés y Latorre (2008).

Y es que las diferencias de género ya se vislumbran desde la infancia debido a la educación diferencial entre niños y niñas, algo que está en nuestra mano cambiar, tanto en el contexto deportivo como en de la cotidianidad.

Algunas pautas para mejorar la inteligencia emocional son:

– Trabajar la habilidad para regular las emociones propias y ajenas, moderando las emociones negativas e intensificando las positivas.

-Pensar sobre las causas generadoras del estado anímico y las futuras consecuencias de nuestras acciones.

– Respetar y evitar ser hirientes incluso cuando se está enfadado o ante situaciones difíciles ya que el tono, actitud, etc. que se emplea en el trato con los demás tiene consecuencias en el desarrollo emocional de éstos.

– Prestar atención y decodificar con precisión las señales emocionales de la expresión facial, movimientos corporales y tono de voz, estar receptivos y atentos a las emociones que los demás nos transmitan.

– Buscar la capacidad de ponerse en el lugar de los demás, comprender sus motivos, sentimientos y emociones y trabajar la capacidad imaginativa.

– Hacer sentir a los demás la presencia de las personas que los quieren y cuidan, para saber que no están solos, proporcionar afecto y ternura.

Pero, después de todo esto, ¿Qué es lo que deberíamos hacer?

Para los más pequeños, ver una película o leer un libro y comentar como se sienten los personajes, como nos sentimos nosotros con sus actos, contarles historias de cuando aún no habían nacido y preguntarles qué opinan sobre ellas, hacer ejercicio físico juntos e incluso ver un partido y comentar cómo les parece que se comportan las personas que juegan.

Para los más mayores, comunicarse con todas las personas que podamos, preguntarnos y preguntarles cómo nos está afectando esto, expresar emociones respecto a esta situación, darnos un tiempo para pensar sobre nosotros mismos y sobre nuestra influencia en los demás, realizar ejercicio físico en casa y pensar cómo nos sentimos antes y después de hacerlo, buscar motivos para reflexionar sobre las emociones de quienes nos rodean.

David González Vázquez. Psicólogo.

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